Ir de sidrerias por el País Vasco

Lo iba dejando lo iba dejando… y al final si no publico este post la época de sidrerías se acaba y no he compartido con vosotros esta gran experiencia. Pero antes de empezar a explicaros en qué consiste quiero sintetizar esta aventura gastronómica en un adjetivo que condense todo su atractivo y sirva como gancho para que no dejéis pasar la oportunidad de probarlo si andáis por el País Vasco. ¡Ir de sidrerías es AUTÉNTICO!

"Autoservicio" sidra

"Autoservicio" sidra

Después de pasar un par de días en el Congreso de Turismo Rural de Navarra al que asistí por mi trabajo en EscapadaRural, mi querida amiga Ana y su marido Patxi nos acogieron en su casa y nos llevaron a hacer algo que hacía tiempo le tenía yo ganas. Mi amiga, que en realidad es también de Barcelona, me comentó ya al poco de instalarse en Etxarri Aranatz que entre febrero y marzo lo suyo era irse de sidrerías, aprovechando lo cerca que tienen la frontera con sus vecinos vascos. Pues los 8 o 10 años que Ana lleva en Navarra son los que yo tenía en mente disfrutar de ese encuentro con la gastronomía más sabrosa de la zona, regando todo con buena sidra de barril.

Empezando con la chistorra

Según me comentan, las sidrerías más famosas están en Astigarraga, pero nosotros fuimos a una en Ataun, llamada Urbitarte, que me dejó más que satisfecha. Al llegar, un cálido y pintoresco espacio con mesas y bancos de madera nos esperaba ya con algunos comensales a punto de empezar su cena. El ambiente se animó algo más tarde llenando el establecimiento de clientes locales que, ¡afortunados ellos!, disfrutan de esta tradición cada año.

Así pues, una vez instalados, nos recibieron con un menú cerrado a base de chistorra, seguido por una exquisita tortilla de bacalao y coronado con unas chuletas de esas que dejan huella. Yo, que soy de las que apenas prueban la carne, me rendí totalmente a los encantos de un chuletón tierno y sabroso, antes de pasar a un delicioso queso con nueces de postre. Uhmmmmmmm…

Y por si esto fuera poco el ritual en torno a la sidra completaba una de las veladas más singulares que recuerdo. Por el precio único que habías pagado (en torno a los 30-35 euros) podías acercarte a los enormes barriles y beber cuanto quisieras. ¡Cuidado! La sidra es suave pero a según que ritmo se empieza a perder la noción de las veces que te has levantado, sobre todo cuando mientras lo haces, uno de los dueños grita ¡Txooooootx! . Y es que esa es la señal para que todos los presentes corramos a probar la sidra más especial de alguna de las barricas que sólo él puede abrir.

En resumen, que te pasas media noche sentándote y levantándote, corriendo de un lado para otro y coincidiendo con el resto de comensales a lo largo del recorrido. Para mí, algo tan singular que merecía la pena explicarlo ya que, más allá del mero hecho de compartir mesa, lo que aquí importa es que se comparte toda una experiencia.

Si lo probáis ya me contaréis

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